viernes, 6 de marzo de 2015

Neurociencias y Conducta Moral

La corteza prefrontal (CPF) es primordial para le expresión de la personalidad y la toma de decisiones. Se encarga también de que nos comportemos moralmente, es decir dentro de los parámetros sociales aceptados. Las personas que padecen la enfermedad de Pick u otro tipo de demencia en esa área presentan graves disfunciones de la CPF. Las circunvoluciones frontales van atrofiándose hasta adquirir el tamaño de una nuez. En un estadio precoz de la enfermedad de  Pick los trastornos de memoria no son tan notorios como las alteraciones de conducta, que, sólo a cabo de varios años, evolucionan hacia una demencia global. Los pacientes con esta enfermedad manifiestan trastornos motores propios de la enfermedad de Parkinson, resultando tener una «demencia frontotemporal causada por las mutaciones del gen tau en el cromosoma 17». En la fase inicial de la enfermedad esas personas habían manifestado también trastornos conductuales, por ejemplo, un comportamiento social anómalo, hipo o  hipersexualidad, alcoholismo, agresividad, depresión y un cuadro esquizofrénico.
Darwin ya describió en detalle el origen de nuestra conducta moral a partir de los instintos sociales, que son importantes para garantizar la supervivencia del grupo. Se trata de rasgos que se observan en todas las especies cuyos miembros cooperan entre sí, como los primates, los elefantes y los lobos.
Favorecer a los miembros del propio grupo, es decir, fomentar la cooperación, es consustancial al objetivo biológico de la moralidad. En primer lugar,  como objetivo moral está la lealtad a la familia nuclear, a la familia extensa y a la comunidad a la que uno pertenece. Sólo una vez que la supervivencia y la salud de las personas más cercanas están garantizadas, puede ampliarse ese círculo de lealtad.
Frans de Waal ha demostrado que por lo general los humanos no reflexionan en absoluto sobre las acciones morales. Se actúa moralmente de forma rápida e instintiva, obedeciendo a una sólida base biológica. Sólo a posteriori el hombre busca razones para lo que ha hecho en un  acto inconsciente. Nuestros valores morales han ido evolucionando a lo largo de millones de años y están basados en valores universales inconscientes.
Al igual que los primates antropomorfos, los niños pequeños consuelan a los mayores cuando los ven mal antes incluso de haber aprendido a hablar o poder reflexionar siquiera sobre las normas morales.
En nuestro cerebro tenemos una «red moral» cuyos componentes neurobiológicos se han ido formando poco a poco a lo largo de la evolución. En primer lugar observamos las emociones ajenas a través de las «neuronas espejo», sentando la base de la empatía.
Como ya mencionamos nuestra CPF contiene importantes componentes para nuestra red moral. Se encarga de que asociemos las emociones observadas con interpretaciones morales. Reacciona a las señales sociales e inhibe los impulsos egoístas. La CPF también es esencial para la sensación de honestidad. La importancia de la CPF para nuestra conciencia moral se descubierto estudiando las consecuencias de los daños causados en esa área por tumores, heridas de bala y otras lesiones, que pueden derivar hacia comportamientos antisociales, psicopáticos e inmoral. Los pacientes que tienen una demencia frontotemporal, enfermedad que empieza en la CPF, muestran un comportamiento antisocial y delincuente, que puede manifestarse en proposiciones sexuales no deseadas, infracciones de tráfico, violencia física, robo, allanamiento de morada y pedofilia.
Además de la CPF hay también otras regiones cerebrales corticales y subcorticales que son importantes para nuestro comportamiento moral, como la parte frontal del lóbulo temporal, que contiene la amígdala, que también se encarga de percibir el significado social de las expresiones faciales y ofrecer una reacción adecuada. En los asesinos y psicópatas se ha hallado un funcionamiento anómalo de la amígdala. El séptum, que se halla entre las cavidades cerebrales, el sistema de recompensa (el tegmento ventral / núcleo accumbens), y el hipotálamo, situado en la base del cerebro. Todas estas áreas son esenciales para la motivación y las emociones relacionadas con nuestro comportamiento moral.
Las emociones típicamente morales, como el sentido de culpabilidad, la compasión y la empatía, la vergüenza, el orgullo, el desprecio y el agradecimiento así como la aversión, el respeto, la indignación y la ira dependen de las interacciones de las áreas cerebrales antes citadas.

Referencias
Casafont, R. (2012). Viaje a tu Cerebro. Barcelona: Grupo Zeta.
Swaab, D. (2014). Somos Nuestro Cerebro. Barcelona: Plataforma Editorial.

NEUROCIENCIAS Y CONDUCTA MORAL
AUTOR: Félix Piñerúa Monasterio
DISEÑO Y MONTAJE ELECTRÓNICO: Trinemily Gavidia

viernes, 30 de enero de 2015

Cannabis sativa

Comúnmente conocida como marihuana o cáñamo (Cannabis sativa) es una especie herbácea de la familia Cannabaceae, con propiedades psicoactivas. Originaria de las cordilleras del Himalaya. Los seres humanos han cultivado esta planta como fuente de fibra textil, aceite de semillas y alimento (generalmente, variedades de bajo contenido en delta-9-tetrahidrocannabinol (THC), llamadas cáñamo). Se ha utilizado durante miles de años como planta medicinal (2737 a.C.), como psicotrópico y como planta sagrada.
El THC, como todas las sustancias adictivas se cuelan en el cerebro aprovechándose de su semejanza con neurotransmisores creados por el propio cerebro e incidiendo directa o indirectamente en el sistema de recompensa del mismo ligado a la dopamina o a través del sistema opioide. Ambos sistemas son esenciales para el efecto gratificante de muchos estímulos normales, incluido el del comportamiento sexual.
Los posibles campos de aplicación del THC son: el tratamiento del dolor, la ansiedad, los trastornos del sueño, los mareos en enfermos de cáncer que reciben quimioterapia, y el glaucoma; este último porque el THC reduce la presión ocular. Por otra parte la marihuana reduce la espasticidad en pacientes con esclerosis múltiples, aunque un estudio controlado con THC no ha mostrado efectos. El cannabis actúa sobre el cerebro porque las células nerviosas también producen sustancias cannabinoides. La primera de ellas es la anandamida. Las proteínas que deben trasmitir el mensaje de la anandamida a las células nerviosas están sobre todo en el cuerpo estriado y el cerebelo (lo que explica el andar vacilante después de consumir marihuana), en la corteza cerebral (por eso se producen los problemas de asociación, la fragmentación del pensamiento y la confusión) y en el hipocampo (eso explica los trastornos de memoria). Pero no hay receptores para el THC en las áreas del tronco encefálico que regulan la presión sanguínea o la respiración. Eso explica por qué no se puede tomar una sobredosis mortal de cannabis.
Adicionalmente, hay estudios que demuestran que los consumidores de cannabis tienen realmente el doble de posibilidad de padecer esquizofrenia. Los hombres adultos que durante años habían fumado a diario no sólo tenían un hipocampo más pequeño (importante pérdida de la memoria), una amígdala más pequeña (que influye en la angustia, la agresividad y el comportamiento sexual) y alteraciones en el cuerpo calloso, sino que además tenían mayor inclinación a padecer una psicosis.

Referencia
Swaab, D. (2014). Somos Nuestro Cerebro. Barcelona: Plataforma Editorial.

Dr. Félix Piñerúa Monasterio

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Efectos Culturales en el Desarrollo del Lenguaje Materno

Después del nacimiento, un ambiente seguro y estimulante que vaya planteando objetivos alcanzables al niño en crecimiento favorecerá el desarrollo de su cerebro y la vida cultural promovida por el lenguaje es fundamental en ello.
El desarrollo de nuestro lenguaje materno nos demuestra como el entorno sigue programando algunos de los sistemas cerebrales también después del nacimiento. La lengua materna es independiente de nuestra herencia genética y siempre viene determinada por el ambiente cultural en el que el niño crece durante el período crítico en que se desarrolla el lenguaje. La adquisición de la lengua materna no sólo deja una fuerte impronta en el desarrollo cerebral, sino que es crucial para muchos aspectos del desarrollo del niño.
Durante nuestros primeros años de vida, nuestro ambiente determina la formación de los sistemas cerebrales relacionados con el lenguaje. Más adelante, una vez pasado el período crítico de desarrollo de nuestro sistema lingüístico, si intentamos aprender un idioma nuevo, lo hacemos con acento. En los niños que tienen entre nueve y once años, las áreas del cerebro que procesan las palabras y la información visual todavía se solapan. En los adultos se ha producido una especialización y esos dos tipos de información son procesadas en áreas distintas. El entorno lingüístico induce cambios permanentes en las estructuras y funciones cerebrales. Dependiendo de si una persona tiene como lengua materna el japonés o una lengua occidental, producirá las vocales y los sonidos parecidos a los que emiten los animales con la corteza derecha o la izquierda, independientemente de su legado genético. En la corteza frontal se halla un área crucial para el lenguaje: el área de Broca. Cuando alguien aprende una segunda lengua de adulto, emplea una subárea dentro de ella. Pero, cuando la persona crece en un ambiente bilingüe, las dos lenguas utilizan la misma área frontal. El núcleo caudado izquierdo controla cuál es el sistema lingüístico que se utiliza. La lengua y el entorno cultural determinan no sólo los sistemas cerebrales implicados en la producción del habla, sino también como interpretamos las expresiones faciales y cómo analizamos las imágenes y el entorno que nos rodea. Así, los japoneses y los habitantes de la Nueva Guinea no pueden distinguir bien entre una expresión de miedo y una de sorpresa, mientras que los chinos, a diferencias de los norteamericanos, no se fijan sólo en el objeto principal, sino que lo contemplan en relación con su entorno. Cuando efectuamos cálculos mentales, los chinos utilizan en parte otras áreas cerebrales que los occidentales. Ambos emplean los mismos números árabes y la parte inferior de la corteza parietal, pero los occidentales utilizan más los circuitos lingüísticos para procesar los números, mientras que los chinos emplean más los circuitos visuales y motores. Esto se explicable por el hecho de que los chinos crecen aprendiendo caracteres.

Referencia
Swaab, D. (2014). Somos Nuestro Cerebro. Barcelona: Plataforma.


Dr. Félix Piñerúa Monasterio

jueves, 9 de octubre de 2014

La Ínsula y el Asco

En el plano de la corteza cerebral, la principal región que interviene en las sensaciones sentidas o sentimientos es la corteza insular, una parte de la corteza cerebral de tamaño considerable, aunque discretamente oculta bajo la cisura de Silvio, y situada debajo de los opérculos frontal y parietal. La ínsula cuenta con varias circunvalaciones. La parte frontal de la ínsula es una región larga solera, relacionada con los sentidos del gusto y el olfato, adicionalmente es una plataforma no sólo para las sensaciones sino también para la activación de lagunas emociones. La ínsula sirve como punto para la activación de una emoción de gran importancia: el asco, una de las más antiguas emociones. El asco empezó siendo un medio automático de rechazar alimentos potencialmente tóxicos y evitar que entraran en el cuerpo. Los seres humanos sienten asco no sólo de alimentos en mal estado y del hedor o la fetidez que desprenden, sino que pueden sentirlo de una variedad de situaciones en las que la pureza de los objetos o del comportamiento se halla afectada y existe «contaminación». Y lo que es asimismo muy importante, en los seres humanos la percepción de acciones moralmente reprensibles provoca también asco. En consecuencia muchas de las acciones incluidas en el programa humano del asco, entre ellas las características expresiones faciales, han sido cooptadas por una emoción social como el desprecio, que a menudo es una metáfora del asco en sentido social.

Referencia
Damasio, A. (2013). Y el Cerebro Creó al Hombre. Barcelona: Booket Ciencia.


Dr. Félix Piñerúa Monasterio

miércoles, 26 de febrero de 2014

El Género “Homo” Único Cuyos Dientes han Decrecido al Aumentar el Cerebro

Investigadores de las universidades españolas de Granada y Málaga develan que los primates del género Homo son los únicos en los que el tamaño de los dientes ha decrecido a medida que ha aumentado el tamaño del cerebro. La clave de esto podría estar en la evolución de la dieta del Homo.
Como la digestión acontece, en primera instancia, en la cavidad oral, y los dientes son fundamentales para la reducción de los alimentos a partículas de menor tamaño. Lo normal sería que si crece el tamaño del cerebro, y con ello las necesidades metabólicas, también lo hagan los dientes, pero paradójicamente en el género Homo ha ocurrido lo contrario. Un cambio en la dieta, con la inclusión de una mayor cantidad de alimentos de origen animal, debió ser una de las claves de este fenómeno.
El incremento en la calidad de la dieta de los Homo, a través de una mayor ingestión de proteínas animales, grasas y algunos oligoelementos presentes en ellas, es fundamental para el mantenimiento y el funcionamiento correcto del cerebro. Por otra parte, un gran cerebro permitió el desarrollo cultural y social que conllevo a importantes innovaciones tecnológicas.
En el estudio se evaluaron la relación entre el tamaño de la dentición poscanina y el volumen del endocráneo en un conjunto amplio de primates, entre los que se incluyen a los principales representantes de los homínidos fósiles.
El investigador Jiménez Arenas indica que “hasta este trabajo, era bien conocido que los dientes disminuían de tamaño y el cerebro crecía a lo largo de la evolución de los humanos. Nosotros hemos determinado que se trata de dos tendencias evolutivas opuestas que están vinculadas desde hace 2,5 millones de años, momento en que aparece en el escenario evolutivo los primeros representantes de nuestro propio linaje, el género Homo”.
Estos cambios también están relacionados con la inactivación del gen MYH16, relacionado con la musculatura temporal, que disminuyó de tamaño hace aproximadamente 2,4 millones de años, lo cual supondría la desaparición de un importante impedimento para la encefalización (una musculatura temporal hipertrofiada impide el desarrollo de la bóveda craneana).
Igualmente han analizado su relación con la inactivación del gen SRGAP2, lo que contribuyó a la evolución del neocórtex, jugando un papel fundamental en el desarrollo del cerebro humano.
Este trabajo se realizo gracias a la colaboración de Juan Manuel Jiménez Arenas, del departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada con Paul Palmqyist y Juan Antonio Pérez Claro, del departamento de Ecología y Geología, y Juan Carlos Aledo, del departamento de Bioquímica y Biología Molecular, de la Universidad de Málaga.

Referencia
http://noticiasdelaciencia.com  26/02/2014


Félix Piñerúa Monasterio

lunes, 14 de octubre de 2013

Los Bonobos y su Relación con las Emociones Humanas

El primatólogo Frans de Waal en su último estudio realizado en conjunto con Zanna Clay y publicado en la revista `Proceedings of the National Academy of Sciences´ muestra como los bonobos (Pan paniscus) aprenden a gestionar sus emociones de una manera muy parecida a como lo hacen los niños humanos. De manera espontánea ofrecen consuelo a otros miembros de su grupo que se muestran alterados tras verse involucrados en una situación angustiosa o peligrosa.
El Pan paniscus es uno de nuestros parientes más cercanos, con ellos compartimos el 98,7% de nuestros genes. Además, se le considera un animal más tolerante y pacifico que otros grandes simios. Adicionalmente los bonobos suelen mostrar empatía hacia otros miembros de su grupo, tanto si son parientes como si no lo son.
Estos científicos estudiaron tanto la forma en que los bonobos controlan sus propias emociones como su reacción cuando son otros miembros de su grupo los que se llevan un disgusto. Pudiendo comprobar que aquellos individuos que recobraban la calma rápidamente eran también los que mostraban más empatía hacia sus compañeros. Una empatía que trasmitían intentando calmarlos a través del contacto físico, por ejemplo abrazándolos y besándolos.
Comparando el comportamiento de bonobos huérfanos y no huérfanos se ha concluido que aquellos que habían pasado su infancia con su madre recobraban antes la calma tras un disgusto y mostraban mayor empatía hacia otros que los bonobos huérfanos de cualquier edad.
Los científicos creen que el papel de la madre es crucial a la hora de gestionar las emociones y aprender habilidades sociales. “Cualquier similitud fundamental entre humanos y bonobos probablemente se remonta a su último ancestro común, que vivió hace alrededor de seis millones de años”, explica Frans de Waal.
De Waal sostiene que los estudios sobre las emociones animales pueden aportar información valiosa sobre la sociedad humana.

Referencia
De Waal, F. y Clay, Z. (14/10/2013). Los Bonobos Aprenden a Gestionar sus Emociones como los Niños Humanos. Madrid: El Mundo


Dr. Félix Piñerúa Monasterio

martes, 9 de julio de 2013

Epicuro y las Adicciones

Este filósofo griego nació en Samos en el 341 a.C. y murió en Atenas el 270 a.C. Su filosofía estaba basada en la búsqueda del placer, el cual debería ser dirigido por la prudencia. Se manifestó en contra del destino, de la necesidad y la fatalidad.
Decía que el placer es el principio y fin del vivir feliz. Pues lo hemos reconocido como bien primero y connatural y de él tomamos el punto de partida en cualquier elección y rechazo y en él concluimos al juzgar todo bien con la sensación como norma y criterio. Y puesto que es el bien primero y connatural, por eso no elegimos cualquier placer, sino que hay veces que soslayamos muchos placeres, cuando de  éstos se sigue para nosotros una molestia mayor. Muchos dolores consideramos preferibles a placeres, siempre que los acompañe un placer mayor para nosotros tras largo tiempo de soportar tales dolores. Desde luego todo placer, por tener una naturaleza familiar, es un bien, aunque no sea aceptable cualquiera. De igual modo cualquier dolor es un mal, pero no todo dolor ha de ser evitado siempre. Conviene, por tanto, mediante el cálculo y la atención a los beneficios y los inconvenientes juzgar todas estas cosas, porque en algunas  circunstancias nos servíamos de algo bueno como un mal y, al contrario, de algo malo como un bien.
Es sabido que cuando vivimos experiencias agradables, nos divertimos, reímos o tenemos relaciones sexuales satisfactorias, nuestra área tegmental ventral (ATV) libera dopamina (DA) en las sinapsis que se establecen con las neuronas del núcleo accumbens (NAc) y la respuesta de estas neuronas receptoras nos da sensación de placer, lo que comprueba desde las neurociencias que la aseveración de Epicuro en relación a que el placer es connatural al ser humano es cierta.
Sin embargo, no es menos cierto, lo que también sostiene Epicuro, que ciertos placeres pueden conducirnos a males mayores, por lo que hay que tener en cuenta que nuestros estados de placer fisiológico pueden llegar a ser multiplicados tremendamente por efectos de sustancias adictivas, rompiendo el equilibrio, y esto a la larga repercute de forma muy negativa ocasionándonos una molestia mayor.  
Al hablar de adicciones no solo nos referimos a sustancias que la producen sino también de situaciones adictivas como la gula, la ludopatía, las compras compulsivas, la adicción a internet, a los teléfonos móviles, los ordenadores y los videojuegos. La dopamina interviene en el procesamiento de la información relacionada con la recompensa, ya sean recompensas naturales o provocadas por sustancias adictivas. Este neurotransmisor facilita el aprendizaje relacionado con la recompensa y además el recuerdo del estimulo que se asocia con ella.
Nuestra memoria emocional también está implicada en la adicción. La adicción se produce tras una reincidencia en la situación y está influida por nuestra vulnerabilidad genética y por la influencia del entorno.
Así como la dopamina es fundamental para adquirir la conducta de consumo, el glutamato lo es para conseguir el control de la conducta de búsqueda. Ambos actúan de forma complementaria e interactúan entre sí.
El glutamato es el principal neurotransmisor cerebral excitador y también uno de los principales destructores de neuronas, sabemos que interviene en mecanismos de plasticidad sináptica, en las estructuras del hipocampo del sistema de recompensa, produciendo cambios en las espinas y en las arborizaciones dendríticas.
El glutamato condiciona que estímulos neutros inconscientes puedan provocar conductas de búsqueda sin que la persona sea consciente de ello, y por tanto esa falta de conciencia condiciona una menor capacidad de control sobre la situación y facilita las recaídas en la conducta adictiva.
Durante el consumo crónico se producen cambios neuroadaptativos y neuroplásticos que modifican la estructura y, por tanto, la función del cerebro adicto. La activación crónica de los receptores de dopamina D1 (activadores) se ha comprobado que condiciona la expresión de determinados, que podrían ser responsables del fenómeno de la tolerancia a las drogas de forma progresiva. Por ello se debe aumentar el consumo para obtener efectos similares.
La corteza prefrontal (CPF) es el centro responsable en la toma de decisiones, participa en la motivación y cuida de modificar nuestra conducta aprendida cuando valora que no resulta adaptativa. Así que nuestras funciones ejecutivas dependen de su buen funcionamiento. Sin embargo sus estructuras y buen funcionamiento se ven comprometidas en el abuso de drogas, sobre todo en la región orbital y ventro-medial, tanto por  el efecto dopaminérgico (hay un predominio de los receptores D1 sobre los D2 –inhibidores-), como por el efecto glutamatérgico añadido.
Se ha comprobado  que en los periodos de abstinencia se produce una hipofunción de la corteza prefrontal, sobre todo con afectación del cingulado anterior y de la corteza orbitofrontal, que incide en la dificultad en la toma de decisiones y la depresión.
Por todo lo anterior es importante recordar las enseñanzas de Epicuro que nos dice que es conviene, mediante el cálculo y la atención a los beneficios y los inconvenientes juzgar todas estas cosas, porque en algunas  circunstancias nos servíamos de algo bueno como un mal y, al contrario, de algo malo como un bien.

Referencias
Casafont, R. (2012). Viaje a tu Cerebro. Barcelona: Grupo Zeta.
García, C. (1983). Epicuro. Madrid: Alianza Editorial.


Dr. Félix Piñerúa Monasterio